El cerebro humano es un campo
apasionante y enorme. Constituye la base hegemónica de la maquinaria que forma
el resto del cuerpo humano, y que sirve para realizar lo que el cerebro mande.
Al parecer, la complejidad de
nuestro seso abarca la posibilidad de hallar diferencias entre distintas
personas sobre su sesera. Esto lleva a la conclusión de que cada persona nace
con unas capacidades diferentes, innatas lo tradicionalmente llamadas “dones” o “talentos”. Wolfang A. Mozart era
capaz, a muy temprana edad, de copiar completamente una sinfonía, con todos sus
componentes, únicamente escuchándola una vez. A parte de su capacidad
retentiva, y rítmica, aquí influye un efecto muy sonado últimamente y que trata
sobre la altura: el oído absoluto.
El oído absoluto es la capacidad
innata de identificar y reproducir exactamente la altura correspondiente a la
nomenclatura de una nota, que poseen algunas personas.
Sin embargo, este no es el único
sistema de tener un oído “impresionante”, también existe el oído relativo o
entrenado. Como las dos palabras indican, es el oído que saca la altura de las
notas por relatividad a otras ya conocidas y, entrenado, porque se adquiere
después de mucha experiencia musical. La pregunta está en dónde encontramos la
línea que divide un oído absoluto de un oído relativo, y si llega a haber una
línea confusa entre los dos, ese “don” que algunos tienen, explicado al
principio, ¿se nos diluye?
Cuando una persona nace con oído
absoluto, su deterioro es fácil e irreparable si no se entrena, si no se usa.
Cuando, en contraposición, si naces con un oído del montón, pero lo entrenas y
ejercitas, llegarás a tener la precisión del absolutismo auditivo. Con todo
ello, ¿es mejor tener el don, o ganártelo con sudor?, en todo caso ¿nos sirve
para algo si se inutiliza?
José Carlos Palmero Casanova